lunes, 20 de julio de 2020

Viaplana, el rostro del vértigo


Viaplana, el rostro del vértigo

Sus cuadros combinan lo frenético y lo concreto, un mundo entre salvaje y racional que ha sabido hallar magistralmente el punto de intersección evitando así una radical y unívoca adscripción. No hay nada gratuito, todo obedece a la razón y al arrebatosa lo milimetrado y a lo infrenable.

A menudo, el hecho de encontrarse fuera de la gran ciudad es un arma de doble filo que, comporta tanto ventajas como inconvenientes. En general, la actividad que más le gusta, es ver porno de virgenes y que uno puede hallar por estos pagos suele transcurrir, de una forma insoportablemente aburrida, entre los restos del naufragio de una escuela paisajística más que enterrada o los inciertos devaneos de una supuesta modernidad digna de toda sospecha. El descubrimiento de un trabajo sólido y persistente entre tales parame tros, conduce a un reconocimiento inmediato de semejante actividad, cuya abundancia -por otra parte- brilla por su ausencia y que se erige, así, en vía de escape respecto al panorama circundante, vocación de 1 out-sider y necesidad de desmarcarse, a la par.



Ese doble filo del cual hablaba antes significa, por una parte, la comodidad de trabajar individualmente, sin tener que someterse directamente a reglas o imposiciones de ningún tipo, lo cual no excluye las ganas de mantenerse en la onda de la situación, el esfuerzo por no quedarse más y más aislado y apartado en su soledad de casi exiliado, que viene a significar uno de los hipotéticos inconvenientes de esta situación extra barcelonesa.

En tal situación geográfica y ambiental es donde viene desarrollándose desde hace ya un buen puñado de años, a caballo entre Granollers y Barcelona, la labor de un joven pintor exitoso a raíz de su reciente exposición en la sala que «la Caixa» tiene en la calle Monteada de Barcelona. La obra reciente de Vicenc Viaplana empieza a rezumar testarudez y empecinamiento en el objetivo final, empeño en lograr, y así ha sido, una solidez y una consistencia -material y coneeptualmente hablando- tales que rechaza ya cualquier tipo de observación referida a su inexperiencia o a su juventud. Hasta cierto punto es lógico pensar que los años no pasan en balde y que para llegar a sus veintisiete años, pletóricos y rebosantes, necesitó empezar su andadura allá por los lejanos setenta, en plena aventura conceptual, en pleno frenesí de búsquedas y salidas, cuando Granollers era un bullicio de modernidad y euforia artística, con unos «Premis d'Art Jove» causantes del posterior grupo de conceptuales catalanes entre los que se contó otro joven de la zona, Jordi Benito, que luego seguiría por unos derroteros únicos en todo el panorama artístico español contemporáneo.

De diez años que Viaplana se mueve en los circuitos artísticos catalanes, experimentando cambios y mutaciones, transformaciones técnicas y evoluciones estilísticas, alternando -en su condición de ser bifronte- unas aproximaciones figurativas progresivamente complejas y unos paisajes abstractos que han ido fundiéndose entre sí hasta confundir el umbral que los separaba, un umbral subjetivo hasta la raíz.



Llegados a este punto, el estado actual de su obra -como suma, recapitulación y síntesis de momentos anteriores- impone una cierta reflexión. El logro de ese esfuerzo sintético, por una parte, y su adscripción a un subjetivismo como motor de su actuación, por otra, empiezan a configurar algunas de las características conceptuales de su obra, guiada, a pesar de las apariencias, por una profunda reflexión teórica, tanto a priori en cuanto que estado gestante-, como a posteriori, un volviendo la vista hacia atrás para reconocer el camino seguido y subsanar futuros errores y equívocos. También hay que pensar en hitos fundamentales en su trayectoria, y cabe citar entre los últimos, la serie de las banderolas de «Atracció» o la gran pieza de «Sis pintures». Aunando toda esta serie de elementos, uno puede proyectar el paisaje mental en el que se mueven los parámetros de la pintura de Viaplana, flanqueados por la razón reflexiva y la pasión subjetiva, oscilando siempre entre binomios, combinando y sintetizando hallazgos e intuiciones y dándolos a entender, a la vez, como prueba de honestidad e indecoro. Y su rigor comporta, como pocos, una autodisciplina rayana con lo indecible, en la que las pocas fisuras visibles delatan la existencia de unos turbulentos y subterráneos ríos de caos que afloran a la superficie a veces incluso en contra de las voluntades del autor. Sólo lo terrible y lo angustioso motivan y obligan, sólo la pasión se convierte en reflejos espejeantes de una realidad supuestamente oculta e innombrable. En este caso, asistimos al desdoblamiento de personalidad, al surgir de un objeto como fruto del sujeto en una comunión raras veces tan conseguida.

Es en este punto, inmersa su obra en el vértigo imparable del proceso creativo, cuando el placer por el resultado y por su origen se sitúan en cabeza de cualquier lectura de los cuadros. No hay nada gratuito, quizás un leve toque de azar, todo obedece a la razón y al arrebato, a lo milimetrado y a lo infrenable. El artista ya no miente doblemente, su obra es la realidad y toda la verdad se encierra en ella: una libertad en la apariencia que reafirma los postulados de Schiller respecto a la belleza, una situación de su obra toda en el camino del lado salvaje, limitando con el abismo, última consecuencia de ese salvarse de la tragedia inminente a toda costa.

El conjunto global de la obra de Viaplana hay que verlo como un esfuerzo titánico en lograr la construcción de un discurso, esencialmente críptico, utilizando un idiolecto propio e intransferible, aunque no indescifrable. El extenso paradigma existencial se vuelca en cada cuadro, estalla como revelación en el más mínimo trazo, A la vez, el «ut pictura poesis» horaciano viene a sumarse y a enriquecer las consideraciones sobre su pintura, que deviene categoría «figural», doi» de la sucesión de imágenes, ya demostradas ya intuidas, funcionan en tanto que entidades . sígnicas -sea presentado o bien representando-, cuyos planos se unen en una relación a menudo convencional, arbhraria, en la cual los significados pueden no tener nada que ver con la apariencia, con frecuencia sospechosamente explícita. Las pipas consiguen serlo a fuerza de no serlo, dan la vuelta al círculo del pensamiento y se abrazan por detrás de la razón. Cada cuadro se convierte, así, en una reflexión puntual, de un continuo que se explica fragmentadamente, pero que responde a una misma voluntad de acción y de pensamiento.

La obra reciente de Viaplana, llegada a un punto culminante de madurez y solidez, va recorriendo unos caminos que ya no tienen pérdida, forjados a base de reflexión, duda y posterior decisión. Firme convicción de querer ser, su obra surca unos senderos nada fáciles, tales que le llevan a compartir aquella idea según la cual Goethe «suicidaba» a sus personajes para salvar así la piel.



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